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Monte Odina (Ramón J. Sender)

... Pero no todo va a ser sufrimiento y agonía. He hecho otra excursión al pueblo abandonado donde un hombre fue muerto a golpes de azadón y un pastor dulero de un pueblecito agregado a Lagunarrota me ha contado de manera colorista y pintoresca lo que sucedió con el globo tripulado por catalanes que cayó -es decir que descendió, porque no hubo violencia ni daño- en la misma plaza de la aldea desierta.

Vale la pena contarlo. Al menos con las palabras del pastor.

He aquí lo que me dijo:

-Aquel día era un día veranisco muy calmo, que no se removía la hoja del chopo. Así todos los chopos eran verdes, porque el revés de la hoja es blanco. Un globo sin ventisca no puede volar y por eso bajó. Eran tres hombres de la Cataluña, que cae por el lado de la albada y los tres dijeron cómo se iban a negociar compras sobre la huebra. El más grande era un hombre serio, más serio que la bragueta de un ciego, por un mal decir. Pero cuando hablaba hacía geribeques como los demás. Mucho le apetecían dos mardanos que llevaba yo en la dula y era, según calculo, porque entendía de lanas y de tenerías, que esa ha sido siempre la faena de la gente del otro lado del Segre. Otro de los tres voladores era uno que iba a buscar a una sobrina doncella de Lierta que se había malmetido y había que casarla para salvarla de los chifletes como es debido; y el tercero yo me figuro que iba sólo como venteador, para saber por donde navegar en la tarumba de los remolinos, porque eso requiere saber y ciencia. Y para eso llevaba un reloj redondo y grande que marcaba la hora de cenar. Los tres andaban un poco chispos y Dios me castigue si miento, porque se ponían a hablar y tan pronto decían palabrejas catalanas como aragonesas y don Francisco si viviera no me dejaría mentir.

-¿Qué hicieron en el pueblo? -pregunté.

Pues como hacer no sé yo lo que harían, sólo que comieron y bebieron con don Francisco y otros y a la tardada había un airecico como que se podía volver a volar, pero se me acuerda que un bembolón le andaba alrededor de la cabeza del más grandizo de los voladores y él se lo sacudía a manotadas, pero el bembolón volvía, porque según mis alcances no entendía que personas humanas volaran igual que él. Y eso es todo lo que vi cuando llevaba la dula a beber a una balsa de sangre que hay detrás de aquel carrascal.

-¿Balsa de sangre?.

-Así se llaman las balsas hechas cavando la tierra y sacando agua de abajo arrimando algún brazal. Que sudor y sangre cuesta a los que la hacemos, y también yo metí la jada en esa faena.

Luego el pastor se marchó sin que yo lograra sacar nada en limpio. Pero siempre es gustoso oir hablar a esos pastores quienes la soledad ha hecho a un tiempo simples y originales.